Prosa
y periodismo
Julio
Cesar Londoño
Los
textos de los diarios son cada vez más breves y están peor
escritos. Parece que los periodistas se han tomado a pecho eso de que
los periódicos se escriben para el olvido, o que "periodismo
es lo que se escribe al reverso de los anuncios", y los jefes de
redacción viven tachando metáforas y reprimiendo cualquier
brote de poesía que asome en las pantallas.
Los entiendo parcialmente: es más fácil escribir en lenguaje
plano (llamar al pan, pan y al vino, vino) que labrarse un estilo; una
metáfora fallida sólo añade oscuridad al texto; y
el tono poético puede desbocarse, si no se templa bien la rienda,
por las floridas praderas de la cursilería. Pero la solución
no es voltear la cola y escribir de manera ramplona sino aprender a redactar
de manera sobria y poética a la vez; y acuñar bien las metáforas.
El recelo de los periodistas objetivos y los historiadores rigurosos hacia
la prosa literaria puede resumirse así: El lenguaje recto es claro;
el figurado es ambiguo, introduce ruido en el texto, confunde, falsea,
miente. La verdad es que se puede mentir en lenguaje lacónico y
que los afanes estéticos, en cambio, pueden llevarnos a descubrimientos
de fondo y añadir precisión al mensaje. ¿Cuántas
veces, buscando un adjetivo para decorar una línea, hemos descubierto
una cualidad del sustantivo que se nos había pasado inadvertida?
El día que el primer terrícola pisó la superficie
de la Luna, la agencia soviética de noticias Tass tituló,
verde de la envidia, Hoy una nave norteamericana tripulada alunizó
a las 23:30 GMT, distorsionando con un lenguaje rigurosamente objetivo
la dimensión del acontecimiento –no se podía registrar
semejante suceso como si tratara de una operación de rutina de
la aviación comercial–. Times, en cambio, acertó al
titular la noticia con las literarias palabras que un escritor de la Nasa
le había preparado al astronauta Neil Armstrong para que las pronunciara
en el momento de hacer sus primeros pinitos en la Luna: Este es un paso
pequeño para un hombre, pero un salto gigantesco para la humanidad.
La prosa debe volver a las salas de redacción. ¿En aras
de qué renunciar a su potencia y precisión? ¿Quién
querrá comprar unas gafas que nos permitan ver en blanco y negro
los atardeceres? ¿Cómo no agradecer y aprovechar esos milenios
de articulación y sensibilidad que nos permitieron pasar del gruñido
áspero al terso madrigal? El lenguaje desmañado banaliza
la información y justifica la observación de Oscar Wilde,
que se quejaba de lo mal escritos que estaban los periódicos: Leer
los diarios –decía el irlandés– es comprobar
que sólo lo ilegible sucede.
Si tenemos en cuenta que las pantallas, los periódicos y las revistas
son los últimos contactos de la gente con el lenguaje escrito,
la responsabilidad de los que trabajamos en esos medios salta a la vista.
Es nuestro deber velar por el trato que reciba esa leve y antigua morada
del hombre, la palabra?
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