EMERGENCIA SOCIAL POS
'Por qué no', opinión del
Presidente de Médicos Generales Colombianos
Los decretos de emergencia social son una burla
a los colombianos y una intimidación tanto a los
profesionales de la salud como a los afiliados
para que no lesionen financieramente un sistema
que, en solo 16 años, ha permitido a las EPS
estar entre las 20 empresas más grandes y
poderosas del país. La imposibilidad de acceder
a los servicios 'no POS' mediante tutela no solo
se burla de los colombianos que lograban
mediante este recurso acceder a los servicios
que niegan las EPS, sino del derecho fundamental
a la salud establecido en la Constitución
Política. Además, impide a los pacientes exigir
un nivel óptimo de atención, bajo la amenaza
expresa de tener que pagar por los servicios no
incluidos en el POS.
Los decretos son también una intimidación a
todos los profesionales de la salud, pues los
conmina a no prescribir tratamientos que puedan
"ocasionar un daño económico al sistema",
nuevamente bajo la amenaza de ser sancionados.
De esta manera se consolida lo que desde el
sector salud se ha denominado "una abusiva
intromisión del Estado en la autonomía
profesional", la cual no es otra cosa que la
capacidad que tienen los profesionales de
decidir libremente lo que es mejor para un
paciente. La salud en Colombia no es más que un
buen negocio, manejado y administrado por 'los
negociantes de la salud', cuyo insaciable
apetito por el dinero y en un claro contubernio
con el Gobierno, pretenden imponernos algo
abominable. Confiamos en que el Congreso de la
República y la Corte Constitucional saldrán en
defensa de la gente de Colombia.
Por Juan P. Poveda M.
Presidente de Médicos Generales Colombianos
El Gobierno Nacional declarará el estado de
Emergencia Social, con el fin de incorporar los
recursos que le hacen falta al sector de la
salud en todo el país. La decisión fue anunciada
por el Presidente Álvaro Uribe Vélez, al
concluir la asamblea de gobernadores que se
cumplió en Manizales.
"Para salvar el propósito de la universalización
del seguro de salud para nuestros compatriotas,
se ha tomado la decisión de declarar una
Emergencia Social e incorporar los recursos que
se requieren para el salvamento financiero de la
salud, a través de las entidades territoriales",
aseguró el Jefe de Estado.
Explicó que esta medida obedece al estudio que
se hizo de la decisión de la Corte
Constitucional, que ordena atender a los
usuarios con servicios de salud, así estos no
estén incluidos en el Plan Obligatorio.
"Hemos analizado la sentencia de la Honorable
Corte Constitucional. Los costos que para los
departamentos demanda el pago de aquellos
servicios que se llaman extra-POS. Esto es:
aquello que, de acuerdo con la Constitución, hay
que atenderles a los usuarios, así no esté
incluido en el Plan Obligatorio de Salud. Y eso
está amenazando con una crisis financiera que
puede devolvernos los progresos de la salud",
aseguró.
Dijo que los nuevos ingresos para el sector
deberán generarse de productos como los licores
y el cigarrillo.
"Vamos a consultar todos los factores para que
no haya discriminación. Los nuevos ingresos
deben provenir de la cerveza y de los diferentes
licores y también del cigarrillo, pero nosotros
tenemos un reto hoy",
indicó.
El presidente,
Álvaro
Uribe,
expuso que para estructurar la Emergencia
Social, se conformará una comisión encabezada
por los ministros de Hacienda,
Óscar
Iván Zuluaga;
y de Protección Social,
Diego
Palacio Betancourt,
al igual que por el Director de Planeación
Nacional,
Esteban
Piedrahíta,
y los representantes de los gobernadores y
alcaldes del país, informa el informe del
Gobierno.
Los decretos serán preparados a través de la
oficina de la ministra Consejera de la
Presidencia,
Claudia
Jiménez Jaramillo.
"A la crisis hay que enfrentarla con decisión. Y
una decisión que nos llena de entusiasmo, que
ennoblece la vida de Colombia, que justifica la
razón de ser de los gobiernos, es el salvamento
financiero de la salud, en un país que ya ha
logrado 41 millones de ciudadanos atendidos con
seguro de salud",
concluyó el mandatario.
UNA COLCHA DE RETAZOS
Tras dos semanas de una dura polémica, generada
por el contenido de algunos de los decretos
expedidos bajo la Emergencia Social, una cosa
puede sacarse en claro: la que hubiera sido la
intervención más audaz para salvar al sistema de
salud del colapso financiero, está convertida, a
estas alturas, en una confusa colcha de retazos
por cuenta de una serie de errores motivados por
la pretensión de reformarlo estructuralmente, y
de tajo, por esta vía.
Nadie desconoce que el sistema de salud estaba a
punto de naufragar por cuenta de sus deudas: la
cartera de los hospitales sobrepasa los 2
billones de pesos; la de las EPS, el billón de
pesos; la de los municipios llega a los 1,5
billones de pesos, y la de los departamentos con
los hospitales bordea los 700.000 millones de
pesos. Por concepto de tratamientos de alto
costo, el Fondo de Solidaridad y Garantía (Fosyga)
les debe a los hospitales 150.000 millones de
pesos.
Fue sobre cifras como estas que el Gobierno
declaró la Emergencia Social el 23 de diciembre
pasado.
En ese momento se entendió que su propósito era
garantizar nuevos recursos para tapar estos
huecos y darle más liquidez al sistema. Sin
embargo, el 22 de enero pasado, día en que
vencía el estado de excepción, se conoció que
para conseguir 1,5 billones de pesos, que se
usarían para cubrir las deudas más urgentes y
generar 500.000 millones adicionales
permanentes, el Gobierno armó una reforma que no
dejó títere con cabeza.
Junto a los decretos que buscaban esos recursos
nuevos mediante el aumento de impuestos a
cervezas, licores, cigarrillos y juegos de azar,
aparecieron otros dirigidos a racionalizar el
gasto en todos los frentes y por todas las vías.
Muchas medidas contenidas en la reforma son más
que buenas, como el control estricto de la
elusión y la evasión de aportes, la ampliación
de la cobertura del Seguro Obligatorio de
Accidentes de Tránsito (SOAT), el duro castigo
de los actos de corrupción contra el sistema, la
reasignación de recursos que estaban refundidos
por cuenta del desorden general, la imposición
de precios límite a medicamentos e insumos e
incluso la fijación de márgenes de
comercialización.
Se trata -y eso pocos lo ponen en duda- de
medidas largamente esperadas, que no hubieran
podido sacarse adelante por la vía legislativa.
Sin embargo, la audacia tiene límites. Eso lo
demuestra la indignación general que despertó en
médicos, pacientes y cada afiliado del sistema
de salud la intención de ahorrarle costos al
sistema convirtiendo a los médicos en agentes de
contención del gasto e imponiendo regulaciones
veladas al derecho fundamental de la salud.
Aunque el Gobierno ha insistido en que toda la
polémica ha sido generada por la mala
interpretación que de estas normas hacen
personas con intereses de distinto tipo, la
forma en que están redactadas no da lugar a otra
lectura.
En ellos se dejó sentado que se buscaba limitar
la autonomía de los médicos (que serían multados
en caso de formular a sus pacientes por fuera de
unos estándares obligatorios) y que el nuevo
plan de salud de los colombianos priorizaría las
atenciones de baja complejidad y condicionaría
el acceso a especialistas.
En estos momentos toda persona afectada por una
enfermedad de alto costo en el país, que ha
leído y releído los decretos, vislumbra el
riesgo de que su tratamiento, o parte de él,
acabe convertido, por obra y gracia de lo que la
norma dice, en una "prestación excepcional en
salud".
Como si fuera poco, los mismos decretos plantean
que como mínimo tendrán que financiar parte de
los gastos que eso genere con su patrimonio, sus
cesantías, sus ahorros pensionales e incluso con
préstamos bancarios.
No es peregrino que estos pacientes reduzcan el
análisis de la norma a una frase: "Estos
decretos nos amenazan con la ruina económica y
la muerte".
Los voceros de los hospitales públicos, por su
parte, aseguran que por cuenta de los decretos
un día anochecieron viables y al otro
amanecieron quebrados y al borde de la
liquidación o la privatización.
Dos semanas después de conocidas estas normas,
médicos, pacientes, hospitales, secretarios de
salud, la industria farmacéutica, los
sindicatos, muchos afiliados y hasta las mismas
EPS -que todo el mundo señala como las
beneficiarias de la reforma- las rechazan o las
critican.
Ante la protesta general solo cabe una pregunta:
¿quién está leyendo mal? El Gobierno o toda la
sociedad?
Aunque no hay respuesta, son evidentes los
esfuerzos del propio presidente Álvaro Uribe por
tratar de arreglar aquellos puntos que han
generado más polémica.
El Gobierno no admite que se cometieron errores
en los decretos, pero el Jefe de Estado ha
prometido que hará los ajustes que sean
necesarios mediante la reglamentación concertada
con todos los actores. No será fácil. De hecho
algunas grietas son tan profundas que taparlas
requerirá la intervención del Congreso o de la
Corte Constitucional.
Vale decir, por ejemplo, que algunos sectores
insisten en invocar la derogatoria de los
decretos. Esa sería una muerte de quinta
categoría para un proyecto que al afectar a
todos los colombianos ameritaba consultas
profundas y funcionarios con una claridad
absoluta de los alcances de lo que estaban
haciendo. Eso le hubiera evitado, por lo menos,
tanto desgaste al Gobierno y al país.
Por Carlos Francisco Fernández,
asesor médico de EL TIEMPO.